lunes, 9 de marzo de 2015

Sarah


No me gustan los hospitales, siempre he creído que tienen una vibra un tanto extraña, sobretodo hospitales como este pero fue aquí que conocí a Sarah. Sí, Sarah - con "h" al final- cómo aclaraba siempre que le pedían su nombre. 

Un lunes llegué tarde a mi consulta así que me senté en el único lugar disponible. Me acomodé en el sillón de manera que no tuviera que ver mi reflejo, crucé las piernas y saqué un libro. 
Comencé a leer pero al mismo tiempo miraba con el rabillo del ojo a la mujer sentada a mi lado, era todo un personaje: Altísima, espigada, con un vestido largo, ceñido al cuerpo y con una abertura coquetísima en la pierna - probablemente suene a que vi a una guapísma veinteañera- pero no, era una mujer de unos cuarenta y algo o tal vez más, llevaba un turbante en la cabeza (probablemente había estado en quimioterapias) pero ni el cáncer ni las quimios le habían logrado robar ese estilo tan particular.

-¿Antes de morir? Pero que pasa por tu cabeza mujer, deberías estar leyendo otro tipo de cosas.

Me quedé fría, al parecer la pintoresca mujer habían estado observando mi libro. Le sonreí y le dije que siempre me he caracterizado por ser un tanto dramática. 
Se presentó, me dijo que su nombre era Sarah (con H al final), que tenía cáncer de mama desde hace un año y que la única razón por la que estaba en este -estúpido- tratamiento era porque sus hijos la habían llevado a rastras, que ella hubiera preferido morir sin un rastro de veneno en sus venas y con mucho cabello en su cabeza. Todo lo decía con un humor bastante ácido y me recordó mucho a mi. 
Luego de contarme un poco de su vida, me pregunto si estaba acompañando a algún familiar, le dije que no, que yo también era una paciente. 

-¿Pero es que el cáncer está confabulando para joderles la vida todas las mujeres que somos guapas o qué?- me dijo indignada.

Me reí -me reí en serio- sin fingir. Le conté que yo tenía leucemia desde hace un año y que así como ella también hubiera preferido morir sin tener que soportar todos los efectos adversos de mis pastillas, pero le expliqué la obligación de vivir que tenía con mi hija y con mis padres así como ella la tenía con sus hijos y su esposo.

Me crucé a Sarah muchas veces desde ese día, le conté cosas de mi vida que no le había revelado a nadie y ella me confió el sinfín de travesuras -cómo ella las llamaba- que había hecho durante su vida. Me contó que siempre quiso una hija pero la vida le dio cuatro varones y que yo había llenado de alguna manera ese vacío. 
Nunca supe su edad, tampoco se la pregunté, ella es de las mujeres a las simplemente no puedes encasillar en un número.

La última vez que vi a Sarah fue hace un par de semanas, estaba más delgada, mas desgastada pero pícara cómo siempre. La saludé y la abracé con cuidado por miedo a quebrarla.

-Tienes que ser feliz mi niña, siempre feliz. Diviértete, experimenta, despeinate, ensuciate las manos, comete errores, peca, haz travesuras. El día en que te mueras nadie tomará tu lugar en esa tumba, ni tu hija, ni tus padres, ni tus hermanos, ni tus amigas y mucho menos la gente que solo sabe hablar de las vidas ajenas, así que vive tu vida como mejor te parezca, porque tu vida es tuya así como tu muerte también lo será.

Después de decirme eso, me abrazó fuerte, cómo si quisiera dejar un poco de su esencia conmigo.

Hoy es lunes otra vez, cómo el día en que la conocí, pero Sarah se ha ido. Su cuerpo le ha fallado esta mañana dejando que su espíritu sea libre. 

Nunca te voy a olvidar y te prometo que siempre haré lo que me haga más feliz.
Un beso al cielo para ti, guerrera.
-Recortes de mi vida, Indyra Oropeza

domingo, 26 de octubre de 2014

Nunca hagas el amor con alguien que escribe


Nunca hagas el amor con alguien que escribe 
porque somos de una casta indomable, de una estirpe distinta,
somos seres huidizos con fuego en las venas, pasión en los labios y dulzura en el cuerpo.
Colonizamos la piel, mordemos despacio e impregnamos aroma a no me olvides por donde tocamos.
Nunca hagas el amor con alguien que escribe porque antes de que intentes retenernos
ya nos habremos marchado. 

Indyra Oropeza

jueves, 9 de octubre de 2014

Estrellas



Me gustaría abrazarte el corazón mientras dormimos
y acariciar las constelaciones de tu cuerpo,
para así no irme vacía,
para no sentirme sola,
para que así sepas que te quiero.

Estrellas, Indyra Oropeza

Anatomía de mujer



Te he pedido que te alejes de mi cuerpo,
de mis besos, de mi piel.
Porque aunque yo intente ser tuya
los pedazos de este corazón roto aún cortan.
Y vas a salir lastimado.

Anatomía de mujer, Indyra Oropeza

viernes, 3 de octubre de 2014


De ti.

De ti quiero esas cosas que siempre he considerado intrascendentes,
como que tomes mi mano mientras conduces 
o esos pequeños besos inesperados.

De ti quiero esas cosas que siempre me han resultado incómodas,
como ese dormir acurrucada a tus brazos después de querernos en la habitación,
como esos dibujos que trazas en mi cuerpo bajo la luz tenue del velador.

De ti quiero esas cosas que siempre me han acobardado,
como eso que llaman fidelidad,
como eso de dejar de ser una gitana y quedarme en un solo lugar. 

De ti quiero esas cosas que pensé que nunca querría. 

Pero...¿Las quieres tú? 



viernes, 5 de septiembre de 2014

Escrito a pedido.



Cuando somos mujeres dicen que a lo largo de nuestra vida existe un hombre, muy aparte de nuestro padre, que es trascendental.
Dicen que ese hombre llega a ser alguien con quien logras una compenetración única y un lazo inquebrantable, para algunas es su príncipe azul pero en mi caso eres tú: mi hermano.
Hoy estas lejos y aunque estoy segura de que estás feliz es imposible no decirte que te extraño. Echo de menos verte, vivir contigo, compartir cosas y esos abrazos reparadores que solo tu sabes darme.
Gracias por ser un papá, un amigo, un confidente, un hermano. Eres un hombre maravilloso y se que todo lo bueno siempre vendrá a ti. Feliz cumpleaños Jorge.
Te quiero.

Indyra Oropeza



miércoles, 30 de julio de 2014

El auto rojo


Cuando estaba en el colegio mi mejor amiga salía con un chico mucho mayor que ella, lo conoció en el gimnasio al que íbamos.
Se hablaron, salieron, se enamoraron, fueron novios, pasearon en su Yaris rojo y luego - como toda buena historia de amor - llegó a su fin.
La vi llorar, llenarse de ira, la acompañé a ver películas románticas y comer helado de chocolate mientras maldecíamos al amor y a los azares del destino. La consolé y la apoyé en todas sus locuras post-ruptura.
Fueron meses y meses de caminar por la calle y verla sobresaltarse cada vez que un Yaris color rojo pasaba cerca de nosotras. Créanme, si había uno de esos vehículos en un radio de 4km, su corazón roto era capaz de percibirlo.
Nunca pude comprender como es que ella mantenía la esperanza de cruzárselos -no solo al susodicho, sino también al carro- en una ciudad donde hay un vehículo por cada catorce personas. 
- Está completamente chiflada- pensaba en ese momento.

Han pasado los años, mi amiga y yo casi no hablamos pero hoy me acordé de ella y de su chico del auto rojo porque después de tanto tiempo lo entendí.
Ahora comprendo su locura, su demencia, su insanía para nada lógica. 
Lo entiendo porque ahora que te has ido te busco de la misma manera y sigo esperando encontrarte.